EL BEBÉ Y LA FIGURA DE APEGO

21 junio, 2015 · No hay comentarios

Hoy os quiero hablar de una figura fundamental para el bebé, desde sus primeros días de vida: su figura de apego, que generalmente se corresponde con la madre, creando un vínculo afectivo que aporta importantes beneficios tanto a la mamá como al bebé.
Pero, ¿qué sucede si separamos al bebé de su figura de apego? ¿puede establecer este vínculo con una nueva persona? ¿todos los niñ@s experimentan esta separación de la misma forma? ¿existen diferentes tipos de apego?
No os perdáis este post, en el que os doy respuesta todos estos interrogantes:
Todas las teorías coinciden en afirmar la gran importancia que el desarrollo afectivo tiene en la relación del niño con su madre.
Aunque el hijo esté menos capacitado para dar afecto que la madre, no adopta una postura pasiva pues da respuestas cargadas de afectividad como la mirada, la sonrisa….
Una conducta de apego es aquella en la que se manifiesta un vínculo afectivo, como lloros, seguimientos, abrazos, besos, etc. Las conductas de apego son conductas observables y cuantificables.
Aparece una conducta de apego cuando se quiere lograr o mantener la proximidad o el contacto con la figura objeto de apego.
El niño activa todas las conductas de apego cuando percibe situaciones amenazantes como enfermedad, separaciones, etc.
El apego cumple unas funciones principales en la vida del bebé y en su desarrollo afectivo, como:
  • Buscar la supervivencia. El niño intenta protegerse buscando las ayudas que cree necesarias.
  • Adquirir seguridad. Para el pequeño las figuras de apego son fuente de seguridad y el mejor cauce para contactar con el mundo que le rodea.
  • Encontrar estimulación. Mediante las figuras de apego el niño recibe los estímulos que precisa para su adecuada interacción con el
    ambiente.
  • Favorecer la salud física y psíquica. Ya que tiene a través de los vínculos afectivos, los niños se sienten estables y en armonía. Si estos desaparecen, manifiestan miedo e inseguridad con síntomas somáticos como por ejemplo vómitos.
    El abandono, la hospitalización y en menos medida el ingreso en la escuela infantil, provocan en el niño situaciones amenazantes generadoras de angustia. Los efectos producidos por la separación de la figura de apego, aunque pueden depender del tiempo que dura la separación y de quien sustituya a esa figura, siempre manifiestan alguna constante. Así se puede hablar de una fase de protesta, una fase de ambivalencia y una tercera fase de adaptación.
La primera fase, denominada fase de protesta, se inicia cuando los niños se percatan de que no esta a su lado la figura de apego, se sienten amenazados y hacen todo lo posible por recuperarla a través de conductas de protesta (lloros fuertes, intentos de huida…).
Es también frecuente, que su ansiedad se manifieste mediante conductas regresivas como chuparse el dedo, no controlar esfínteres, etc.
Otra característica de esta fase es el rechazo y a veces la hostilidad que muestran a los cuidados que les prestan las personas que sustituyen a la figura de apego.
Al aparecer la figura de apego se intensifican las conductas de apego hacia esta y las de rechazo hacia los extraños. La angustia aumenta ante la posibilidad de una nueva separación.
Si el tiempo de separación de la figura de apego se prolonga el niño entra en una fase de ambivalencia, que se caracteriza por la perdida de vigor de la protesta y por una mayor aceptación a los extraños.
En esta etapa los signos de ansiedad son más evidentes: sollozos, expresiones de angustia.
El pequeño parece haber perdido la esperanza de recuperar a la figura de apego. Las conductas regresivas pueden aumentar.
Si recupera la figura de apego, la recibe con poco interés e incluso con cierta indiferencia.
Esta reacción de desapego tardara en superarla más, cuanto más haya durado la separación y cuando más la haya vivido como injusta.
Cuando el tiempo de separación de la figura de apego es muy prolongado, el niño termina adaptándose a la nueva situación, supera su ansiedad
y establece nuevos vínculos de apego con quienes le cuidan.
Pero, ¿podemos afirmar que todos los niños establecen el mismo tipo de apego con su madre? Según las investigaciones en las que se hicieron pasar a un grupo de niños por situaciones en las que se daba la presencia y ausencia de la madre, y esta ausencia era sustituida por la presencia de un extraño lo que ponía en juego el sistema de apego y de rechazo a los extraños. Se pudo observar, que existían dos tipos de apego según la seguridad que tenían con la madre, y los denominaron apego seguro y apego inseguro, aunque en este último se distingue dos subtipos.
Aproximadamente el 65%, con apego seguro,  usa la figura de apego como base de seguridad desde la cual explora el mundo que lo rodea. Si el lazo afectivo que lo une a la figura de apego disminuye por la separación, también lo hacen las conductas exploratorias de su entorno. El niño en este caso busca la proximidad o la interacción con la figura de apego a través de la sonrisa, la vocalización, etc.
Dentro del apego inseguro, alrededor del 20% de los niños no suele manifestar conductas desajustadas al separarse de la figura de apego, ni tampoco hay un aumento de las conductas de apego en el reencuentro. El sistema de apego en estos casos no parece funcionar como tal. Y a este tipo de apego, se le denomina apego inseguro con evitación.
Sin embargo, en el apego inseguro con ambivalencia, la madre no es considerada como base de seguridad para explorar el ambiente. El interés del pequeño en explorar lo que le rodea es mínimo. Suele protestar y estar inquieto en tiempos de separación. Cuando se da el reencuentro con las figuras de apego después de intervalos breves, son recibidas con ambivalencia: por un lado el niño siente deseos de encuentro con la madre y por otro, la
rechaza por la angustia que la separación le ha provocado.
Nos vemos en el próximo post!!

Plataforma dirigida a padres, madres y educadores infantiles, maestros, pedagogos, psicopedagogos y psicólogos junto a mi hija Valeria y su inborrable sonrisa, Valeria Smile

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